Elghalia Djimi (Sahara Occidental)

“…pensamos que había que organizarse como sociedad civil para salir de ese círculo de terror…

trabajando en el ámbito de los derechos humanos”

Foto: Hegoa.

Vice presidenta de la Asociación de Asociación Saharaui de Víctimas de Graves Violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el Estado Marroquí.

El testimonio completo de Elghalia Djimi, fue publicado por la Dirección de Derechos Humanos del Gobierno Vasco en el marco de la serie Testimonios de personas defensoras de los Derechos Humanos (n. 1). La versión completa puede encontrase en castellano, euskera y árabe en: https://www.euskadi.eus/contenidos/informacion/defensores_derechos_humanos/es_def/adjuntos/Defensores-testimonio.pdf De esa fuente se ha extraído el siguiente resumen presentado aquí en castellano.

 

Los orígenes

Soy Ghalia mint Abdalahi uld Mohamed y nací el 28 de mayo 1961 en Agadir, al sur de Marruecos. Mi familia es una familia del Sahara Occidental que, más o menos, en la década de los 20 del siglo pasado tuvo que trasladarse al sur de Marruecos. Mi abuela paterna, Fatimetu Ahmedsalem Baad, nació en el desierto del Sahara Occidental. En aquel tiempo había luchas entre algunas tribus. Unas atacaban a otras y se hacían con sus pertenencias. El padre de mi abuela, sufrió una razzia1 de una tribu mauritana que les dejó tan solo con un camello. Tras ese incidente, la bisabuela cogió a sus hijos, esto es a la abuela y a sus hermanos, y con ese único camello emprendió el viaje a través del desierto. Se dirigió a Guleimin, al sur de Marruecos, donde tenía familiares que podían ayudarles.

Unos años más tarde, en la década de los 30, la familia volvió a moverse; esta vez a Ifni. La abuela tenía un espíritu abierto y quería trabajar y ser autónoma. Cuando supo que había trabajo en Agadir decidió ir allí a trabajar, dejando al principio a sus tres hijos con su madre. En Agadir mi abuela empezó a trabajar en las fábricas. Primero, en el año 1949, en una fábrica de conservas de sardinas. En los años 50 pasó a trabajar en una empresa de exportación de naranjas. Entonces, conseguida cierta estabilidad económica, la abuela volvió a Ifni para llevar consigo a sus hijos y poder escolarizarlos en la escuela de Agadir, que en aquel momento estaba bajo colonización francesa.

En 1958 mi padre tenía 18 años. Comenzó a trabajar para una empresa italiana de prospecciones petrolíferas. Con sus flamantes 18 años mi padre era muy moderno. A diferencia de la mayoría de los saharauis le gustaba vestir pantalones vaqueros y por eso los italianos empezaron a llamarle Jeany (de jeans pero pronunciado Djimi). De ahí viene mi apellido.

Yo no puedo hablar de mí sin hablar de mi abuela. Es mi referente vital y tuvo también mucha influencia en la comunidad saharaui en Agadir. Desde que se instaló en esa ciudad, por su jaima, y después por su casa, pasaban muchos saharauis que viajaban del Sáhara a Marruecos.

Los comienzos de la militancia. La desaparición de la abuela

A finales de 1983 viajé a Las Palmas, donde tenía un amigo, y le planteé que quería contactar con el Frente Polisario.

El miércoles 4 de abril de 1984, llamaron a la puerta y eran dos marroquíes que preguntaban por la dueña de la casa y que entraron directamente, sin pedir permiso, hasta la habitación de la abuela. Uno de ellos vestía un chándal con la camiseta del Real Madrid. Ella acababa de terminar el rezo… Los hombres abrieron un gran armario que ocupaba toda la pared y sacaron de él dos baúles donde ella guardaba las cartas de sus hijos, su documentación y otras cosas personales, valiosas para ella. Entre los papeles sacaron una foto mía de la Escuela, vestida a la europea y me preguntaron si era yo. Y a continuación me dijeron: Somos policías; tu abuela tiene que vestirse para salir a la calle y nos tiene que acompañar…Después propagaron por el barrio que allí había armas para que la gente creyera que se llevaban a la abuela con motivo.

A la puesta del sol del mismo día preparamos una cesta de comida y fuimos a la comisaría para que la abuela acabara el ayuno, pero allí nos preguntaron por qué íbamos a allí. Les dijimos que a la abuela se la habían llevado en un coche de la policía. Entonces contestaron que ellos se iban a encargar de su comida. Volvimos a la casa, la abuela tenía 60 años. Nunca la volvimos a ver.

Tras la desaparición de la abuela, mi familia quedó como huérfana y mi padre tramitó los pasaportes de mi madre y de mis cuatro hermanos, una hermana y tres hermanos, todos menores que yo para sacarlos del país. Yo continué mis estudios de Agronomía en el Internado de la Escuela Técnica hasta finalizarlos en 1985, pero después de lo sucedido con la abuela, estaba aterrorizada y no me atrevía a compartir mis temores con nadie.

Acabé mis estudios el año 1985 y en junio de 1986, me contrataron para trabajar en El Aaiún, en la Dirección Provincial de Agricultura. Durante ese tiempo seguí viajando al extranjero y haciendo mi trabajo militante. En el año 1987, en uno de mis viajes a Las Palmas, me informaron de que una comisión internacional iba a visitar el Sahara y era el momento para manifestarnos como saharauis, denunciar la ocupación y sacar las banderas saharauis y pancartas y denunciar todas las violaciones que ocurrían en el Territorio Ocupado, sobre las desapariciones.

La detención, torturas y la desaparición

Yo desaparecí el 20 de noviembre de 1987. El 16 de noviembre estaba en Agadir preparada para viajar a El Aaiún, porque el día 18 tenía que recoger unos materiales para utilizar en las manifestaciones ante la Comisión internacional. El día 20 de noviembre cogí las cartas y las metí en un sobre y las fijé sobre mis piernas. Luego cogí las dos banderas que me habían pasado y me las agarré a una túnica interior con imperdibles y fui al trabajo. A eso de las 15:45 vino a mi despacho el responsable de mi trabajo pidiéndome que lo acompañara a su despacho donde estaban dos hombres vestidos de militar, los dos con turbantes. Uno de ellos me dijo “Somos de la policía y queremos hablar contigo un momento. Tienes que bajar con nosotros”. Bajamos los tres y salimos por la puerta principal del trabajo y me hicieron entrar en la parte trasera de un Land Rover. Inmediatamente me di cuenta de que aquello no era una cuestión de dos minutos y empecé a prepararme mentalmente porque temía que iban a hacerme desaparecer.

[Al llegar al centro de detención] No habían pasado dos minutos cuando vinieron muchos hombres, que olían a perfume y llevaban zapatos que por el ruido de las pisadas parecían distintos a los de los otros hombres. Me tiraron al suelo y me arrastraron hasta la sala de interrogatorios y torturas. Hay que tener en cuenta que con motivo de la visita de la Comisión técnica de la ONU y de la Unión Africana, había venido al Sahara desde Rabat gente de los servicios secretos y jefes del Ministerio de Interior. Todos los grandes jefes estaban presentes.

Al encontrarme las cartas y las banderas decidieron empezar los interrogatorios conmigo. Les dije que mi relación con el Polisario la tuve solo cuando salí a Europa, con el objeto de hacer lo que fuera para encontrar a mi abuela que estaba desaparecida. Estaba con los ojos vendados y mi obsesión era no dar datos de personas porque podría caer mucha gente. Ellos me amenazaban y me decían que me iban a lavar el cerebro, que me iban a matar y me metían el cañón de la pistola en la boca. A medida que pasaban las horas yo estaba más confusa. No podía verlos, pero oía muchas voces, muchos ruidos, me hablaban unos, por un lado, otros por otro. Me tiraban del pie, de la mano; estaba sentada en el suelo. Había un banco bajito, como de 30 o 40 centímetros y me ataron las manos y los pies al banco mientras mi cabeza quedaba colgando fuera. Me ataron muy fuerte al banco y al lado había un cubo con orines, detergente, mucha sal y azufre. Pusieron un trozo de tela mojado muy sucio sobre mi cara y echaban encima el líquido del cubo que me entraba por la boca y la nariz y me asfixiaba. Y cuando me ahogaba, un hombre me daba bofetadas muy fuertes hasta que recuperaba el aliento. Al mismo tiempo, otro hombre me golpeaba las plantas de los pies muy fuerte con una porra. Paraban un poco y volvían a interrogarme y yo repetía que yo solo buscaba a mi abuela Fatimetu.

Ya en la sala de tortura e interrogatorio el jefe de la DST, el señor Abdelaziz Alabouch, me dijo “Mira Ghalia, tienes que pensar en tu futuro. Eres una mujer joven y guapa y tienes una oportunidad excepcional: vas a encontrarte nada menos que con el jefe Hafid Ben Hachem. Es un hombre muy respetable y es la mano derecha de Dris Basri, ministro del interior, tienes que centrarte en el interrogatorio y responderle lo mejor que puedas”, estamos dispuestos a liberarte y a liberar a tu abuela si nos cuentas quien es la gente que está contigo. El jefe mayor de la Inteligencia, Hafid Ben Hachem, nos ha dado la instrucción de negociar contigo y de tratarte bien si nos dices quién es tu gente. Vamos a llevarte con él”.

Llegamos a una villa. En el salón había un hombre sentado en un sofá y mucha gente de pie alrededor. Me dijeron: “Acércate a nuestro jefe Ben Hachem”. Me senté cerca de él y me dijo: “Enhorabuena Ghalia, es un buen momento para verte. Colabora con nosotros y si lo haces estoy dispuesto a liberarte mañana con tu abuela”. “Eres joven. Muchas mujeres como tú, sobre todo funcionarias, vienen a las fiestas marroquíes que organiza el gobernador”. Miró su reloj y me dijo: “Ahora son las diez. Voy a dar la orden de que nadie te toque durante dos horas. Si colaboras mañana estarás en la calle”. No me creí mucho lo de mi abuela porque alguien nos había dicho que la tuvieron que llevar al hospital, que había perdido la memoria a causa de la tortura

Me dieron una silla y vino un señor que se llamaba Lemhaui, que era el jefe de la policía judicial en el Aaiun. Yo lo conocía de vista. Y volvió a repetir todo el interrogatorio. Y yo repetí mi relato y entonces miró su reloj y dijo “Se acerca la medianoche. Piensa en tu abuela”. Y finalmente, “¿no quieres hablar? Entonces, llamaron a su jefe y éste dijo: “devolvedla a la tortura”. Y se reanudó la tortura: el banco y luego los electrodos. Tenían un generador de color rojo y un recipiente curvo con un poco de agua. Me daban descargas en los dedos de los pies y de las manos y en las orejas. Era horrible. Y vuelta al banco y amenazas con la pistola: “Vamos a violarte, vamos a matarte”. Estaban enfadados porque no había aprovechado la oportunidad que me habían dado. A eso de las tres de la mañana perdí la conciencia y empecé a contar algunas cosas. Mi declaración tenía muchas contradicciones.

El centro de reclusión “Batallón de Intervención Rápida” BIR y Puesto de Mando de las Compañías Móviles de Intervención PCCMI.

Pasamos todo el sábado en el centro de interrogatorios. Yo no me acuerdo porque perdí la consciencia, pero Aminetu me lo dijo. Ella fue la que después me contó las torturas que me hicieron durante el sábado, porque esa parte la tengo borrada. El domingo nos llevaron a todo mi grupo, que éramos los que teníamos relación con el exterior, a un lugar en la playa, que era conocido en tiempos de la colonia como BIR. El Land Rover que nos trasladaba al BIR en un momento determinado se paró y nos dijeron que teníamos que bajar. Tenía las piernas muy hinchadas y no podía andar, a causa de las torturas no podía ni apoyar los pies. Al bajar del coche sentí el contacto con la arena y se oía el ruido de las olas. De repente me vinieron a la memoria las historias que había escuchado en casa de la abuela de saharauis enterrados vivos en fosas. Pensé que nos iban a enterrar y que para morir no necesitaba las sandalias y no me las calcé. Como si hubiera adivinado mi pensamiento un guardián me dijo: “Perra!, coge tus sandalias” “No os creáis que vais a morir rápido. Vamos a dejaros morir poco a poco”.

Seguíamos con los ojos tapados. Así estuvimos durante tres años y siete meses. Nos quitaron las vendas de los ojos cuatro días antes de nuestra liberación. Incluso a Sidati, que era ciego, y a otro señor que se llamaba Sharif Boicha, también ciego, los tuvieron varios meses con los ojos vendados. Nos metieron en un edificio –luego supimos que era el cuartel de la BIR– y al entrar el hedor era insoportable. Lo primero que pensé es que las personas que estaban allí eran los desaparecidos del año 1976. Además, al entrar tropecé con una mujer que estaba en el suelo y al tocarla me di cuenta de que era extremadamente delgada.  Pero luego palpé al otro lado a una mujer que está en buena forma y deduje que era gente que habían detenido en los últimos dos o tres días como a mí. Era una celda de aproximadamente 3 metros por 3 metros. Allí nos encerraron a 19 mujeres. Más tarde me contó mi marido que en una habitación algo mayor, tal vez de 4 metros por 4 metro, se hacinaban entre 70 y 80 hombres.

Transcurrida una semana, la Comisión internacional se marchó del Sáhara y nos llevaron de nuevo a El Aaiún, al PCCMI2. Durante esa semana le di muchas vueltas en mi cabeza a lo sucedido en los interrogatorios. Me di cuenta de que, a pesar de que creíamos que los servicios de información marroquíes eran muy potentes, no sabían nada sobre mí. Sí sabían que viajaba mucho al extranjero, pero poco más. Así que pensé que debía de esforzarme en dar una versión coherente, sin contradicciones y que no implicara a otras personas.

En esta nueva tanda de interrogatorios sucedió algo que me destrozó. Me desnudaron totalmente; quedé solo con la venda, pero adivinaba un foco de luz sobre mí. Empezaron a reírse, a tocarme y a darme golpes con una porra. Yo tenía 26 años y jamás me había desnudado delante de un hombre; no podía creer que se tratara de árabes, de musulmanes. Porque además no había solo un hombre; se oía a muchos y todos se reían. Jamás me había preparado para aquello y me hundí.

Las primeras liberaciones, los guardianes

Tras más de tres meses de cautiverio, creo que fue el 27 o el 28 de febrero, vinieron los guardias y nos dijeron: “todo el mundo a la ducha”. Fue la primera vez que pudimos lavarnos desde nuestra detención. El motivo era que iban a liberar a una parte de la gente que estaba retenida desde noviembre. Liberaron a nueve mujeres que estaban conmigo, funcionarias del Ministerio de Salud y también a otros funcionarios y funcionarias. En realidad, a esta gente la tuvieron retenida esos tres meses sin preguntarles nada, ni tan siquiera su nombre, porque ya lo sabían. Parece que lo que querían era asustarlos y mandar un mensaje de miedo a la sociedad.

Después de estas liberaciones el ambiente se relajó algo. Algunos guardias mostraron un poco de compasión y nos dejaban hablar bajito con la vecina que estaba contigo.  Pero no grandes cosas, porque las celdas eran celdas –estábamos en la cárcel– con paredes grandes que no permitían comunicarse entre ellas. Cosas pequeñas: hablar bajo, nada de canciones, o levantarte algo la venda de los ojos, cuando no había policías cerca. Así pudimos leer escritos en las paredes los nombres y fechas de gente que había pasado por ahí, porque el sitio se había usado desde el 76 y habían pasado muchas personas por allí.

Yo estaba en la celda de 4 metros x 1 metro. Allí estaba también una mujer que la detuvieron nada más dar a luz y el niño quedó fuera. Ella sufría mucho de los pechos, porque le había subido la leche. Cuando los guardias se alejaban un poco yo le ayudaba a sacarle la leche para que le doliera menos el pecho. Nos dejaban ir a hacer nuestras necesidades al lavabo, pero teníamos prohibido lavarnos y ellos estaban delante para evitarlo. Estuvimos tres meses con la misma ropa y sin poder lavarnos. Todo el tiempo sin poder ducharnos ni lavarnos. La mezcla de secreciones que teníamos encima, incluidas las reglas era inimaginable. Al final tenía la cabeza y todo el cuerpo lleno de pulgas. Se me cayó el pelo, que lo tenía largo, y me quedaron calvas en la cabeza. Yo estaba convencida de que acabaría mis días en aquel lugar, que nunca más saldría de allí. Pero curiosamente eso me daba fuerza y ganas de ayudar a mi gente para pasar por aquello lo mejor posible.

Del grupo inicial quedaron casi 40 hombres, creo que 14 o 15 por celda. El grupo fijo de mujeres éramos 10, aunque a veces traían a algunas por periodos cortos. Algunos guardias empezaron a tratarnos algo mejor, pero otros continuaron con la máxima crueldad. Había especialmente un señor mayor, jefe de guardia que cuando le tocaba a él la guardia nos dejaba un poco de libertad. Si alguien quería ir al baño, alguna vez te facilitaba que pudieras encontrarte con algún familiar o amigo de otra celda. También algunas noches podía dejarte ir a la celda de tus colegas o familiares a pasar la noche allí.

La fuga de tres compañeros

Después de la fuga de tres compañeros todo cambió y también se hicieron cambios en la distribución en las celdas. A las mujeres que estaban en el pasillo las metieron en una celda. Una de las mujeres, pobrecita, al cabo de dos o tres meses comenzó a perder la memoria. Tenía vitíligo y entre la suciedad, la enfermedad de la piel, las picaduras de las pulgas que se rascaba mucho y se le infectaban, quedó muy desmejorada. No quería comer y la metieron sola en una celda. Aminetu hizo muchos esfuerzos para ayudarla porque era familia suya. Pero comenzó a desconfiar de todo el mundo, se automarginó. El resto de las mujeres, aunque no nos conocíamos con anterioridad, nos sentimos muy unidas por nuestra militancia y esto nos hizo crear unos lazos de solidaridad muy fuertes entre nosotras que nos ayudaron mucho. A mis compañeras y a mí aquella experiencia nos fortaleció. A ella en cambio la debilitó. No quería comer. Tenía un estreñimiento muy grave y, temerosas de que muriera, pedimos a la policía que nos trajera algún medicamento para ayudarla. Hubo que ayudarla incluso con la mano a evacuar.

Con este trato solo pretendían destruirnos; con los insultos, con los golpes, con la humillación de no poder lavarnos ni cambiarnos de ropa. Pensaban que así abandonaríamos la causa. Pero la mayoría pudimos superarlo -gracias a Dios- y nos reforzó en nuestras convicciones. Fueron muchas penalidades y a muchos les afectó mucho en su salud. Aminetu, por ejemplo, tenía una salud muy frágil; siempre estaba enferma, pero demostró una capacidad de sufrimiento increíble, verdaderamente admirable. Tenía una fuerza moral imbatible. Pasamos muchas adversidades, pero eso nos forjó, nos dio fuerza para continuar, sentíamos que estábamos en el buen camino. Para mí fue una experiencia que fortaleció mis convicciones y mi determinación.

Los cachorros de Hassan II

En el año 1988 Marruecos seleccionó en las escuelas, según méritos académicos, a un grupo de entre 6.000 y 7.000 jóvenes saharauis y los envió al interior de Marruecos3. Fueron llamados “los cachorros de Hassan II”. La intención era transformar su modo de vida, su forma de pensar. Los metieron en una sociedad donde hay drogas, alcohol, prostitución, y otros problemas. Pero algunos de estos jóvenes trataron de incorporarse al Polisario viajando hacia el este. Si la policía los encontraba, los cogían y los arrestaban en el BIR. Los retenían durante 6 o 7 meses y los soltaban después. En una ocasión yo estuve en una pequeña celda sin puerta que daba a esta sala. Tenía enfrente a un joven, pude verlo porque de vez en cuando levantaba un poco la venda de mis ojos. Por los demás era difícil percatarse porque no se oía ni un ruido; estaba prohibido hablar, solo se escuchaban las pisadas de las botas de la guardia. Pues bien, este chico era Hussein Beicha, el hijo de la hermana de Cherif Beicha, uno de los dos señores ciegos que estaban presos conmigo. Mu puse a pensar cómo podría comunicarme con él, porque estaba absolutamente prohibido hablarse.

En estas fechas nos habían dado un plato de plástico – unos eran azules y otros blancos - y un vaso también de plástico a cada uno. Mi plato era blanco. Se me ocurrió deshilachar unos hilos de la venda que cubría mis ojos. Con esos trocitos de hilo, mojados en saliva, fui escribiendo en el plato. Primero mi nombre – Elghalia Abdalahi Djimi. A continuación, uno a uno, el nombre de cada una de las personas que estábamos allí. Cada vez que completaba un nombre, daba un golpecito y él giraba al cabeza y podía leer lo que yo había dibujado con los hilos sobre el plato. De ese modo, día tras día le fui informando de nuestra situación.

El domingo sangriento

Un día de octubre de 1990 -en concreto el 20 de octubre que era sábado– me tocaba lavar a mí. Así que le dije al jefe de la guardia que tenía que lavar la ropa de los hermanos y me contestó que no, que hacía mucho calor y que no se quería sentar a vigilarme mientras lavaba porque olía muy mal. Había garrafas de agua de 5 litros porque nos daban una o dos por celda. Las utilizábamos para hacer pipí o para lavarnos las manos. Pues bien, uno de los guardias me condujo a los servicios cogió las camisas sucias, que olían muy mal, y las metió en la media garrafa. El guardia me dijo, ¿oye El Ghalia me vas a crear problemas con el jefe ¡Le respondí: no te preocupes, si no quieres vigilarme y esperar hasta que termine, ¡yo puedo lavar la opa en la celda!  De vuelta a la cochiquera encontramos al jefe delante de la puerta y me dijo: “Tú te crees que hay que hacer lo que tú quieres. Pides demasiado. Pues no. Has de saber que estás encerrada y aquí no hay sindicato. Toma”. Y me entregó la garrafa y me dio una bofetada. Yo cogí y le devolví el tortazo. Él era de una región, del este, dónde no están acostumbrados a que las mujeres puedan alzarles la voz o contestarles a una agresión. Me tiró al suelo a golpes y se me soltó la venda de los ojos. Hubo un gran jaleo y todo el mundo vio y oyó el estrépito que se montó.

Mientras tanto un compañero, que se llamaba Lesiad, envió un mensaje a todas las celdas proponiendo a los compañeros y compañeras hacer huelga de hambre hasta que yo volviera a mi celda. Al llegar la cena todos y todas se negaron a comer y dejaron la comida a un lado. No había pasado más de una hora desde que los compañeros rechazaran el desayuno, cuando se oyeron unos aullidos de perros muy fuertes. Eran los policías de la Reserva que habían entrado en las celdas con los perros y con porras de madera. Se oía gritar a las mujeres y a los hombres y el ruido de los porrazos.

Después de masacrar a la gente de las celdas vinieron a la sala grande, donde yo estaba, sentada en el suelo y con las manos esposadas a la espalda. Solo tenía un vestido y un trocito mínimo de tela en la cabeza. El coronel mandó que me esposaran las manos por delante del cuerpo y acto seguido me propinó una patada. Eh, perra del Polisario -me dijo- ¿Por qué le has pegado al jefe de la policía? ¿No sabes que no tienes ningún derecho a tocar a nadie que lleve un uniforme? ¿No sabes que estás aquí a esperar la muerte? Le expliqué que previamente había sido él quien me había dado una bofetada, cuando lo único que yo había pedido era que me dejaran lavar la ropa, porque la dejan mucho tiempo tirada en el agua sucia hasta que se contamina y nos produce muchas alergias. Me contestó que yo siempre andaba igual y que me castigaba a 32 días de aislamiento. En ese momento sentí que había allí un perro y que el coronel le daba la orden de que soltaran el perro. El animal se lanzó sobre mí. Instintivamente me protegí la cara con las manos y el perro me mordió en los brazos y en la espalda. Estuve aislada en la sala de torturas 32 días.

Un día estaba el guardia comiendo un bocadillo de sardinas y a mí, que siempre me ha encantado el pescado, se me estaba “haciendo la boca agua”, pero jamás he pedido nada a los guardias y si me ofrecían comida les daba las gracias y no la aceptaba. No quería deber ningún favor y me enfadaba un poco si algún compañero pedía a los guardianes las colillas de los cigarrillos. Pero se dio la circunstancia de que al guardia se le cayeron unas migajas de sardinas al suelo, cosa que aprovechó una hormiga que pasaba por allí. Con tanta suerte que el guardia salió fuera y la hormiguita mientras tanto pasó cerca de mí. Le quité la migaja de sardina a la hormiga y me la comí. Me dio mucha pena la pobre hormiguita, pero no lo pude resistir.

El trato a las mujeres presas

Es difícil hablar de maltrato por razón de sexo, de abusos sexuales. La mayoría de las mujeres no podemos hacerlo, nos cuesta mucho; pero hubo también maltrato sexual. Había un factor más de impunidad para los abusadores y era el hecho de que estábamos con los ojos tapados, de manera que no veíamos las agresiones a las compañeras. Esto sucedió sobre todo al principio. Venía alguien y te daba un beso o te metía la mano en los pechos.

Cuando estuve en la celda de aislamiento le dije a un oficial de la policía, llamado Sabar, que algunos guardias abusaban de las mujeres valiéndose de que no veíamos y que eso era inaceptable y más aún que se aprovecharan de alguien que había perdido la cabeza, como era el caso de Yagga. Le dije que parecían sionistas y él se molestó y me preguntó por qué decía esto. Les explique cómo a mí me desnudaron y vejaron durante la primera semana de detención y que eso no es concebible que lo hagan buenos musulmanes. De todas formas, me dijo, nada de aquello iba a ser denunciado porque, al fin y al cabo, nosotras habíamos ido allí a morir.

La resistencia. Aunque parezca mentira, incluso en una situación tan tremenda como la que padecimos, hay momentos de cierta alegría. Por ejemplo, cuando teníamos algún guardián más permisivo, jugábamos a un juego saharaui que se llama “Juaimet (pequeña jaima) Um Ennur” que consiste en “hacer matrimonios” entre los que juegan. En este juego, a mí me tocó casarme con Dafa (mi actual marido) y a Aminetu le tocó el que luego fue su primer marido y una tercera chica acabó casándose también con el chico que le correspondió en el juego. Cuando Dafa se puso muy enfermo y trasladaron a los enfermos cerca de nuestra celda, nos poníamos de pie para darles ánimos y les decíamos que cuando nos liberaran haríamos “Huemtu Munur”. ¡Quién iba a decir que acabaríamos casándonos como en el juego!

La organización interna para la resistencia era muy importante para mantener el ánimo. El grupo de las mujeres éramos gentes diversas, pero todas valientes. Unas muy conocedoras de la causa saharaui, otras solo simpatizantes. Unas instruidas, otras menos. Decidimos organizarnos entre nosotras para estudiar. Fue para nosotras un aspecto importante de nuestra resistencia en aquellas circunstancias. Primero usábamos té con azúcar que dejábamos espesar hasta que podía servirnos como tinta para escribir. Más tarde conseguimos que nos proporcionaran a escondidas papel y bolígrafos. Aminetu y yo también enseñábamos a nuestras compañeras un poco de francés.

En la última época, cuando ya tuvimos noticias de que Marruecos y el Frente Polisario estaban preparando el Plan de Paz, supimos por un artículo, que estaba previsto el intercambio de prisioneros y su liberación. Entonces empezamos a imaginar la campaña del referéndum y a organizarnos para trabajar en ella. Nos decíamos, nosotras trabajaremos en este barrio y vosotras en aquel y discutíamos los contenidos de los mensajes políticos. Después de más de tres años de cautiverio aquello fue extremadamente alentador, pensar que vas a trabajar en tu causa y participar en la última etapa de la liberación: en el referéndum de autodeterminación.

La última época. La liberación

Hasta el mismo día de la liberación no estuvimos del todo seguros de salir. Conocíamos las noticias del cese el fuego y nos dijeron que nos iban a liberar en cuatro días, pero siempre tienes una pequeña duda. De todos modos, el último periodo fue mucho mejor porque estuvimos preparando la campaña del referéndum y lo que diríamos a la gente para animarla y eso nos ayudó. El último día a las mujeres nos dieron una melfa y unos zapatos y nos llevaron en coches policiales a las oficinas donde hacen el libro de familia.  Allí a cada uno nos preguntaban dónde vivía nuestra familia. Me dejaron en la oficina administrativa cercana al barrio y desde allí tuve que caminar casi dos kilómetros. Por el camino me crucé con un antiguo amigo, pero no me reconoció. A las familias les prohibieron hacer cualquier tipo de fiesta o celebración, pero la gente venía a las casas a saludarnos y a felicitarnos porque para mucha gente éramos héroes.

La vida retomada

Tanto en 1991 como en 1992 volví a El Aaiún para reclamar mi puesto de trabajo, que por fin recobré a finales de 1993. Tras mi liberación volví a contactar con el Frente Polisario para decirles que estaba dispuesta a colaborar. Ellos me decían que descansara un tiempo para recuperarme un poco, pero yo me sentía como una rosa y empecé a hacer algunos contactos.

En el verano de 1994 mi padre organizó un encuentro en nuestra casa de Holanda con Donatella Rovera, que era la encargada en Amnistía Internacional para el norte de África y Medio Este. Vinieron Donatella y otra abogada holandesa, que era amiga de mi padre. Donatella me propuso quedarme en Holanda y pedir allí asilo político, con la ayuda de Amnistía, que prepararía toda la documentación. Yo le contesté que, si Amnistía Internacional o cualquier otra ONG querían realmente ayudarnos, que nos ayudaran en la región, sobre el terreno, en el Sáhara Occidental. Porque necesitábamos, y seguimos necesitando, la ayuda de los defensores y defensoras de los Derechos Humanos que cuenten al mundo entero lo que sucede en el territorio no autónomo del Sáhara Occidental. De esa manera acordamos con Amnistía Internacional que colaboraríamos con ellos desde los territorios ocupados, mientras que AFAPREDESA lo haría en los Campamentos de Población Refugiada, donde hace una gran labor, gracias a la que debemos en parte nuestra liberación.

La defensa de los Derechos Humanos

Al salir pudimos constatar que la gente seguía viviendo con mucho miedo, que no se atrevían a hablar, a comentar nada sobre personas desaparecidas, ni a preguntar por esas personas. Por eso pensamos que había que organizarse como sociedad civil para salir de ese círculo de terror y ayudar a la gente a superar el miedo, trabajando en el ámbito de los derechos humanos.

A partir de entonces, y hasta 2005, hemos formado la ASDVH, es decir, la Asociación Saharaui de Víctimas de Graves Violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el Estado Marroquí. Ciertamente, es un nombre muy largo parar una asociación, pero era importante deslindar el campo en el que íbamos a trabajar. Solo con el nombre de “asociación saharaui” podrían acercarse personas que se identificaran como víctimas del Polisario y nosotros no conocíamos los campamentos ni teníamos posibilidades de investigar porque la comunicación no era sencilla. Desde nuestra liberación habíamos trabajado con organizaciones muy serias, como Amnistía Internacional o Front Line Defenders, proporcionando información veraz; la credibilidad ha sido y es nuestro capital. Creamos nuestra asociación en 2005, coincidiendo con la Intifada.

1. Del fr. razzia, y este del ár. argelino ḡāzyah 'algara. Incursión, correría en un país enemigo y sin más objeto que el botín (Diccionario de la RAE).

2. “Puesto de Mando de las Compañías Móviles de Intervención”, localizado en un antiguo cuartel del ejército español, en El Aaiún, cerca del río. Fue centro de detención clandestino hasta 1993.

3. Política de “marroquinización”. Con anterioridad se prohibía a los saharauis viajar o estudiar en Marruecos.